Nick Cave nunca estuvo en Xurrut

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Nick Cave en “20.000 días en la tierra” habla del miedo al olvido, de la capacidad de transformación del escenario, de ese espacio entre lo real y lo onírico donde el amor posee ese matiz de puro y absoluto. Ese lugar que sabe que acabará desapareciendo por el implacable paso del tiempo ya que en cada página del cuaderno negro aparecen nuestros nombres. Habla de esa habitación llena de porquerías por las paredes a modo de collage (porquerías importantes en ese momento) y de la necesidad de lo básico, de comenzar todo desde su modo más primitivo. Habla de la capacidad de protesta frente a un mundo en el que no hay dios mientras en sus canciones observa todo omnisciente. Habla de la interacción de/con las primeras filas y de su incapacidad para trascender y proyectarse a lo grande sea en un concierto, sea con sus ventas.

El australiano afincado en las islas británicas frente a la mar habla de Xurrut sin saberlo porque él habla de sus certezas y de las nuestras. De las miserias y de los éxitos. Del ser humano imperfecto, su ingratitud y esos cielos infinitos y temibles de las galernas. Habla de la belleza subyacente en toda creación y que probablemente se resume en poder charlar alrededor de una buena pizza con los/as tuyos/as. Esa suma de abrazos, latidos, miradas, instantes, tiempos perdidos y futuros y cada recuerdo que se regenera reinventando lo vivido y lo que está por alcanzarnos.

Nuestro salón tiene el cartel del XV aniversario de Xurrut, está enmarcado y por colgar aún junto a un plano de Santurtzi con las coordenadas del hogar donde crecí con mis padres también por colgar. Los bordillos en los que pasábamos las tardes sin dinero han ido desapareciendo y con ellos, los/as chavales/as que hablaban de música durante horas y cambiaban discos (en todos sus formatos físicos posibles). Ya no existimos. Hoy día permaneceríamos conectados/as (en todas las redes posibles) y aislados/as cuando antes sin tener modo de contactar sólo había que aparecer donde se quedaba, a la hora de siempre y existir. Existir en persona. Existir en un espacio concreto, no en una entelequia.

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Cartel del 15 aniversario

En aquel cartel aparecen Dut, A room with a view y Lvmen, en el epicentro de 30 años de existencia, justo una noche del 5 de diciembre (aquella en martes). Frío, humedad, capas de ropa y uno de esos momentos que se hizo eterno en colectivo. La arena inabarcable que se nos escapa entre los dedos y los frondosos árboles centenarios. Las curvas, una y mil. Lo improbable fue posible. Esas paredes y azulejos en tablero que transformaron a cada desconocido/a en lo que pudo, quiso o fue capaz arropando cada final de canción durante treinta años.

Los silencios respetuosos. La furia incontrolable que podría reventar las paredes si sumáramos cada melodía, cada riff, cada comienzo explosivo. El hueco para el merchandising, el banco sobre el que dejar el exceso de prendas para el viaje gracias a la acogedora temperatura de la sala. Los viajes a la barra con el cuidado del ladrón de piezas de arte para no molestar. Los latidos de varias generaciones de incorformistas inquietos/as. La ausencia de autocomplacencia y la crítica al discurso ya narrado. Emulación, imitación, mitomanía, underground y apalusos. Sonrisas. Sonrisas siempre.

Nick Cave podría haber estado sobre ese suelo sudoroso clamando a su dios pateando nuestras veladas. Agitando nuestras vidas. Clavando sus uñas en nuestras pupilas hasta alcanzar ese lugar que nos hace sentirnos viejos/as prematuros/as avergonzados/as por habernos fallado en parte o en gran medida según cada caso. Pero Xurrut, en lugar de escupir pestes, calla. Guarda silencio siendo esa la respuesta más dura que un hermano mayor puede ofrecer y nos pone un cuaderno blanco delante, no sabemos si nuevo, para comenzarlo, o como libro de firmas. Las trayectorias impecables, con los errores lógicos por esa maldita humanidad que poseen los espacios con alma es lo que tiene. Todo se ha vuelto blanco y negro porque, pese a que el ruido es de colores vivos, el recuerdo es necesariamente blanco y negro debatiéndose entre luz y oscuridad. Si nos sentáramos en el centro de la sala resonarían los gritos de AT THE DRIVE IN, los pianos de BLACK HEART PROCESSION, las líneas de guitarra de KARATE y porque no, aquel bajo atronador de DUT y sí, miles de voces que allí pudieron decir lo que sentían. En aquel local que Nick Cave nunca pisó, y se arrepentirá siempre.

Autor: Jon Koldo L. Salas (Bandcamp)

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